24 de abril de 2009

Sobre "Talpa" de Juan Rulfo


Rulfo me ha quemado los ojos con el tejido de su cuento. “Talpa”, el relato número 7 de este librito (el más curtido de lectura y de desconciertos en mi estante), de este Llano en llamas que le rinde tributo a las tristezas arenosas de los hombres y a las plegarias con las que el pueblo hiere a las montañas, es una tierra cercada por el miedo a la muerte, encostalada por el ansia y la fe: de los enfermos, de los pobres, de todos aquellos que llevan a cuestas las bombas de tiempo en donde se halla contenida la fatalidad. Y qué calor se siente cuando vamos por el camino real de Talpa, acompañando a ese triángulo de amor cenizo, casi echándonos al hombro a Tanilo Santos, al pobre Tanilo que nos pide con todo el clamor que cabe en su voz, que nos devolvamos a Zenzontla. Y miramos a Natalia, y ella mira a Rulfo y este dice que no, que ya casi llegamos.
Cuánto calor en la noche, sintiendo como Natalia es exprimida por los brazos de aquel hombre sigiloso y encendido de deseo. Talpa no es solo el pueblo a donde se llega, es también la hermana mayor de Zenzontla, el relleno de una herida que no puede sanar; una esfera de milagros que se le promete al lector, aunque ya en el segundo párrafo del cuento somos heridos por el final:
"Sin embargo, antes, entre los trabajos de tantos días difíciles, cuando tuvimos que enterrar a Tanilo en un pozo de la tierra de Talpa, sin que nadie nos ayudara, cuando ella y yo, los dos solos, juntamos nuestras fuerzas y nos pusimos a escarbar la sepultura desenterrando los terrones con nuestras manos -dándonos prisa para esconder pronto a Tanilo dentro del pozo y que no siguiera espantando ya a nadie con el olor de su aire lleno de muerte-, entonces no lloró."

Me arden también los pies. Y toda esta romería que nos rodea. Devolvámonos. Pero no podemos hasta que estos dos hayan matado a Tanilo. La tragedia se respira a lo largo del cuento, a través del trayecto en el que agonizan las ansias de la salvación, de la muerte y del amor. Y en este triángulo de batalla gana la muerte, y de la muerte nace el desconcierto. La ausencia de Tanilo, ese vacío que tanto deseaban los amantes, se torna en un remordimiento irremediable. Rulfo nos narra el amor y la fe desde el desconsuelo. La esperanza de Tanilo o el fervor de su hermano son arropados desde el principio por la colcha grave de la muerte. La virgencita de yeso por la que esperamos los viajeros del cuento, es al final un paroxismo de dolor. Nos dan ganas de taparnos la cara. El esfuerzo de Tanilo y los demás creyentes por expiar los pecados y untar con la sangre la enfermedad el suelo de Talpa, es una imagen de desconcierto y angustia, como la última exhalación de vida que se produce en la voluntad de un condenado. Y esa tristeza consistente y regular que sentimos al lado de Rulfo cuando este ve a Tanilo Morir de rodillas ante la majestad de los ruidos y el fervor de los cantos:
"Afuera se oía el ruido de las danzas; los tambores y la chirimía; el repique de las campanas. Y entonces fue cuando me dio a mí tristeza. Ver tantas cosas vivas; ver a la Virgen allí, mero enfrente de nosotros dándonos su sonrisa, y ver por el otro lado a Tanilo, como si fuera un estorbo. Me dio tristeza."

Hay que leer Talpa, y completar con los ojos el atrio de historias y tragedias que es El llano en llamas. Hay que terminar de descurtir el libro, en el que me espera también Pedro Páramo y las rutas de desazón que conforman el esqueleto de Comala. No evite el libro si se le cruza en algún laberinto de la biblioteca o si lo ve aplastado entre otros libros en los maderos de alguna librería callejera. No lo evite porque a usted también le tocan las sorpresas desconcertantes de la vida.

Por: Federico Bal

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